Relatos Solidarios: Pasta de Proteínas

Nuevo relato para la sección más literaria y solidaria de Orgullogamer. Nos encontramos en la recta final de la primera fase, pero aún quedan unos pocos relatos que mostraros.

"Pasta de Proteínas"

Muy buenas a todos. Una entrada más dedicada a los relatos basados en los videojuegos. Hacía mucho que no actualizábamos la sección de relatos solidarios, entre otras cosas y como ya os comuniqué ayer, la primera fase de este proyecto ha finalizado, por el momento hemos cerrado la recepción de nuevos relatos. Pero quedaban unos pocos en el tintero, uno de ellos el que nos ocupa hoy. Sólo quedan tres relatos más y me pondré en marcha con el texto del libro. 
Hoy os dejo con un relato fascinante y sobrecogedor. Además, su autor, Oriludic pertenece a la casa, es compañero y miembro de Orgullogamer, por lo que siempre es un placer y honor introducir sus relatos. Os dejo con él, espero que lo disfrutéis. 



Pasta de Proteínas

-Toma
-Joder... otra vez esta mierda…Estoy harto de comer esta porquería
-¿Ah sí? Pues ojalá le hubieran hecho caso a tu padre, pero como no se hizo fuerte en sus teorías, ahora estas comiendo esta mierda. Así que échale las culpas él.
-No me cabrees más de la cuenta Paul o voy a tener que romperte esa cara de niño bonito. Y
Paul me miró con cara condescendiente y me paso una especie de recipiente pequeño hecho de roca negra que contenía una pasta de un color azul grisáceo para nada apetecible. Hundí mis dedos en la pasta, estaba fría. Subí mis dedos hacia mi boca y metí una porción de esa viscosidad que parecía de todo menos comida. Sabe a lo que saben las cosas azul grisáceas.

Paul vio mi cara desencajada y que denotaba mis ganas de vomitar inminentes e intentó que eso no ocurriera. Me agarró de la espalda y me separó las rodillas por si no podía impedir el retorno de esa pasta a mi boca, pero no ocurrió.

Cómo pude tragar esa mierda una vez más, no lo sé, pero era muy posible que fuera la última vez y en ese caso debería ser una buena noticia, o al menos, a mí me lo parecía.

Los dos, Paul y yo, estábamos sentados encima de una roca, más o menos plana, para no llenar nuestros culos con  marcas rojas por las irregularidades de la superficie. Paul había insistido en parar después de casi cinco horas de caminata por un paraje desolado. Rocas y más rocas. Un paisaje lunar era lo único que habían dejado esas malditas maquinas.

Paul comió su porción de pasta azul grisácea. Se la tragó mejor que yo.
-¿Cómo puede gustarte esta mierda? ¿Cómo puedes tragártela así?- Se lo dije casi increpándolo, incrédulo e indignado a la vez.
-No está tan mal cuando piensas que es lo único que tienes para seguir con vida… Gracias a que tu padre le faltó poder de convicción.

-¡Paul! ¡En serio, para ya o será tu cerebro la siguiente pastita azul grisácea que me voy a comer!
Paul, esta vez, se rió y dijo que era solo para chincharme. Pero lo cierto, es que no le faltaba razón.
Una noche de no hace más de 4 años, mi padre llegó del trabajo en un estado deplorable. Llegó con la camisa desabrochada, bebido, sudado y balbuceando datos matemáticos sin sentido. Paul y yo estábamos jugando delante de mi casa, con el guante de baseball del hermano de Paul. Mi madre intentó que ningún vecino de la zona viera el estado de mi padre y lo entró al salón entre los gritos y alaridos de un hombre borracho y vencido.

Paul y yo seguimos jugando fuera hasta que el Sol se escondió tras las montañas de la costa del Pacífico.
Entré y me encontré a mi padre duchado y sentado en su butaca. Supongo que lo metió a la ducha mi madre. Últimamente siempre terminaban así los días. Todos pensábamos que mi padre estaba pasando un mal momento y que no quería salir del trabajo a toda costa. Creíamos que la relación con su familia era lo que lo asqueaba y no quería volver a casa cada tarde, después de interminables horas metido en su querido laboratorio. Amaba su trabajo, yo lo sabía desde que tenía la mínima conciencia de lo que es la vida, y creía que se refugiaba en la bebida cada vez que salía del laboratorio.

Nada más lejos. El trabajo lo tenía absorbido de tal manera que le estaba destruyendo por dentro y lo supe de su propia boca esa misma noche.

Sentado en el sofá, aún con alcohol en sus venas, miró de reojo a mi madre y cuando vio que se iba al cuarto donde guardábamos algunos libros viejos, mi padre me agarro del brazo. Con la voz baja pero alarmada y un aliento dulzón de bourbon que me fue directo al rostro, me dijo:

-¡Lo he visto! He visto lo que están haciendo en Boston y estamos perdidos. Les he dicho que no lo hagan, que eso no lo he calculado aún y que es peligroso. ¡Lo quieren encender! ¡Hijo mío, estamos todos perdidos!
Entró mi madre de repente y le hizo callar a gritos, mi padre se derrumbo entre llantos.
A lo que se refería mi padre lo descubrimos pocos meses después, pero durante ese tiempo investigué a qué se refería con lo de: “he visto lo que hacen en Boston”.
Por internet encontré varios laboratorios de robótica instalados en Boston o sus alrededores, pero el  que me hizo temblar por dentro fue el Boston Synthetics. Sus videos en YouTube de robots que imitaban el movimiento de animales campando a sus anchas  por los bosques daban cierta grima. Pero lo peor de todo, es que sus creadores trabajaban conjuntamente con la empresa de mi padre, para dotarlos de IA.

Yo de eso no tenía ni idea, sabía reprogramar el código de algunos trastos de la casa y jugarle malas pasadas al primero que entrase a la cocina y utilizase el robot que teníamos ahí. Probablemente quedaría con la cara llena de pastel o lo que fuera que quisiese cocinar. Pero la IA eran palabras mayores. Mi padre llevaba más de 20 años trabajando en investigaciones de IA como asesor. Él, en realidad, era matemático y supongo que con sus grandes dotes de cálculo intentaba predecir y programar comportamientos y decisiones. Hacía tiempo también, que alertaba de que todo había superado su capacidad de análisis y que no sabía hacia dónde íbamos con todos esos experimentos.
Meses después supimos que mi alarma dio en el clavo. Fue en los laboratorios de Boston Synthetics dónde arrancó el peor día que la humanidad ha conocido. Tres meses después de la alerta de mi padre en su sofá y medio borracho, el mundo cambió.

Era una mañana tranquila, mi padre estaba en casa desde hacía más de dos semanas. Lo habían echado del trabajo. Previsible, dado que después del primer incidente con la filtración que pudo ver, aún no sabemos cómo, empezó una campaña muy dura contra su propia empresa para que dejara de experimentar con la IA y los robots de Boston Synthetics. Acabaron echándole a patadas como a un perro y haciendo ver a todo el mundo, que sus actos eran de un loco y perdió toda credibilidad.

Esa mañana, como iba diciendo, estaba yo engullendo mis cereales de colorines en la cocina con la televisión encendida y de repente saltó la noticia. Unas maquinas gigantes de construcción habían empezado a devorar todo lo que encontraban por delante sin control. Cuando me refiero a todo, es todo, literal. Las maquinas en cuestión, eran unas perforadoras de última generación que analizaban el entorno con unos tentáculos adyacentes. Estos tentáculos los iban clavando alrededor de la zona de perforación para ir tanteando el terreno, evitando así bolsas de gas altamente inflamables. ¿Adivináis quien fabricó estas máquinas? Exacto, Boston Synthetics.

Las primeras imágenes eren salvajes. Se veían a dos perforadoras con sus tentáculos arrasando todo lo vivo: personas, plantas, tierra e incluso agua. Eran imágenes grabadas con un smartphone y se veían bastante mal, pero lejos de ser horripilantes, sobrecogedoras o terroríficas, eran escalofriantemente frías. Por la trituradora pasaba toda masa de origen orgánico y no se parecía en nada a cuando ves por la televisión a un tiburón devorando carne o unos leones zampándose a un antílope. Éstos lo hacen por necesidad, hambre, pura supervivencia. Las perforadoras de la tele lo hacían con el extraño y helado modo en que las maquinas ejecutan una línea de código, salvo que esta vez, ellas misma generaban la orden.

Las primeras horas las recuerdo a base de imágenes y sonidos grabados en mi cerebro, pero totalmente inconexos y almacenados en mi cabeza de forma desordenada. Gritos, ruido de motores y carreras a lo loco hasta llegar a los bosques, ya que mi padre propuso refugiarnos lejos de cualquier cosa robotizada. Al día siguiente aparecieron varias familias vecinas nuestras, entre ellas la de Paul.
Las maquinas se multiplicaron y nada ni nadie pudo impedirlo. Empezaron a devorar toda la biomasa de la Tierra y lo hicieron empezando por la costa Este, y de ahí todo el mundo.

Todos los intentos por pararlas fueron en vano, así que se optó por sobrevivir. Se desconectó todo elemento de internet y a poder ser de la red eléctrica, así que en menos de una semana vivíamos de forma prehistórica. Sin electricidad y con la única compañía del fuego para darnos calor y luz. Después descubrimos que ciertos elementos no eran susceptibles de ser invadidos por la IA y podíamos utilizar algunos utensilios con energía eléctrica.
Sobrevivimos…

Y aquí estamos Paul y yo cuatro años después de ese fatídico día, con nuestras mantas térmicas que nos salvan del Sol abrasador. Acurrucados,  observando un paisaje  yermo, desolado, rodeados de rocas y polvo sin vida, gris. Llevamos con nosotros el último dispositivo nuclear portátil que nos queda para intentar detonarlo lo más cerca posible de Boston. No sé bien con qué objetivo, pero lo que sabía seguro es que no regresaríamos.

Hemos cruzado todo el país a pie Paul y yo, y os juro que no he visto ni un solo árbol y ni un solo animal, ni siquiera insecto, con vida. Rocas y esqueletos de edificios derruidos ha sido lo único que han contemplado mis ojos y los de Paul.

Él sigue animado. Ahí lo tenéis devorando como si fuera una hamburguesa jugosa, la masa asquerosa de proteínas. Dice que le mantendrá con vida por eso se lo come a gusto. Mantenerte con vida para qué, siempre le añado yo.

Todas las pelis que nos molaban a Paul y a mí antes del día fatídico, eran pelis dedicadas a sobrevivir a apocalipsis. Proponían una supervivencia con un objetivo claro: invertir la situación.  Pero aquí y ahora, aunque desaparecieran todas las máquinas al instante, la vida en la Tierra sería imposible.
Paul entonces me rebate que porqué respiramos aún si no hay vida más que la humana y la extraña alma negra que mueve estas maquinas del infierno. Yo le contesto que es gracias a los rumores que dicen que en Asia aún quedan bosques y selvas que están aguantando el nivel de oxígeno bajo mínimos para toda la Tierra. Habrá que pensar entonces, que ya no queda casi nadie para consumir este gas que antes poblaba toda la atmosfera, quizás algún animal menor perdido y  pocos millones de humanos en todo el planeta, ya no azul, sino gris.

Siempre acabamos discutiendo sobre esperanzas y maldiciones sin llegar a ninguna conclusión. Yo siempre soy del lado oscuro, pesimista, pero como siempre digo, con bases y fundamentos reales.  Mi padre pudo enseñarnos poco antes de desaparecer una buena mañana de invierno, pero lo que nos pudo transmitir de todo su trabajo, me da pocas esperanzas para seguir luchando un día más. Esperanzas que no sé cómo pudo inculcar a Paul. Porque Paul no sé a dónde se agarra pero tiene una corazonada en algo.

Llevo todo este viaje interrogándolo  a diario, por si mi padre le contó algo que a mí se me hubiera ocultado. Paul siempre me ha contado toda la verdad, pero en éste tema ya no sé si lo hace por chinchar o es que realmente mi padre sabía algo más de lo que nos contaba durante las largas noches alrededor del fuego.

En todo caso yo no veo futuro a nada de esto. Todo es gris, no hay vida y no hay un Jardín del Edén que salvar o al que llegar. No hay alternativa a la extinción, por lo tanto, no hay razón para seguir intentándolo. Sobrevivir un día más, luchar para unas 24 horas más de oxigeno entrando por mis pulmones y sangre recorriendo mis venas. Es simplemente alargar una agonía infinita. Luchar hoy para llegar a mañana y tener que luchar de nuevo, sin una meta final, sin un premio a tanto esfuerzo, sin un nuevo Sol que ver. No le veo sentido a todo esto y por lo tanto no puedo soportar más tener que respirar gases horribles, beber nieve derretida hace dos años y comer esta mierda de pasta de proteínas azul grisácea, que sabe a goma quemada y que no quiero saber de qué está hecha.

Llevo repitiéndome esto desde los últimos mil quinientos quilómetros y lo único que consigue que no me tire por alguna de las cuevas verticales sin fin, creadas por alguna máquina diabólica, es Paul.
Paul y su eterna risa, su esperanza depositada en cosas tan simples como un bocado de pasta azul grisácea.

-Deberíamos estar cerca de Boston- Dijo Paul después de su segundo bocado de la maldita pasta azul.
-¿Tú crees? Yo ya no distingo nada, no hay puntos de referencia. No hay mar que oler. ¿Qué coño hacemos aquí Paul?

- Dar tiempo Ryan…
-¿¡Qué!? ¡¿A quién?! ¡¿A qué?! ¡¿Qué sabes Paul?!- Grité, desencajado por las palabras de Paul.
-Déjalo Ryan, no importa. ¿Ves esas rocas en el horizonte?
-¿¡Cómo!? Sí, las veo-  Contesté con un tono iracundo.
-No queda mucho para llegar a Boston entonces. Tu padre dijo que sería el sitio más desolado de todos y mira esto… Aquí no hay nada... No hay ni viento…
No le contesté. Oteé el horizonte, trague la poca saliva que quedaba en mi boca.
-Esas rocas no son rocas Ryan, son maquinas.

Basado en el videojuego: >>Horizon Zero Dawn<<

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