Relatos Solidarios: El Tañido de la campana

Bienvenidos una vez más al rincón de la literatura en Orgullogamer. Un nuevo relato basado en el mundo de un videojuego. Puntual a su cita de cada miércoles nos llega: "El Tañido de la campana"

"Apenas un fino hilo de luz rompía la oscuridad"


Una vez más, me llena d orgullo presentaros el siguiente relato que pasará a formar parte de nuestro futuro libro. Una vez más, participa en esta ocasión un compañero de armas y letras de esta ilustre página: El Señor Daniel Viñambres Os dejo con su excelente relato, como siempre digo (o casi siempre) intentad descubrir a través del relato, en qué videojuegos se basa. La solución, al final de la entrada. Que ustedes lo disfruten:




- El Tañido de la campana -

Cuando abrió los ojos apenas un fino hilo de luz rompía la oscuridad. El tañido lejano de una campana sonaba incesantemente, y una extraña sensación en su pecho le empujaba a ir tras ese sonido. Pasado unos instantes, se dio cuenta de que estaba tumbado en un sitio extremadamente estrecho. Apenas podía moverse. Haciendo acopio de toda la fuerza que pudo reunir, incrustó los dedos en el hueco que permitía la entrada de luz y movió una gran losa, permitiendo así que la luz de un sol en lo más alto del cielo bañara todo su ser. Se incorporó con sumo cuidado y miró a su alrededor. Acababa de salir de un ataúd de piedra que había sido desenterrado. Aquel sitio le era totalmente desconocido, y estaba rodeado de ataúdes iguales al suyo. Sentía la cabeza muy pesada y un frío atroz le recorría el cuerpo. Se miró los ropajes esperando ver lo que finalmente vio: una armadura de hierro y cuero endurecido, su armadura.

De pronto una corriente de imágenes le golpearon la mente. Recordaba por qué llevaba esa armadura puesta. Era un soldado del Reino Forest y defendía su tierra frente al ejército invasor: los soldados del Reino Mirr. Había luchado con destreza utilizando la espada que su padre le había legado hace años, la cual había ido pasando de mano en mano durante a lo largo de la historia de su familia, y cuya historia decía que había pertenecido a… no lo recordaba. Trató de hacer memoria acerca de su procedencia, pero ni siquiera era capaz de recordar su nombre. Miró a sus pies y allí encontró la espada junto a un escudo, cuyo emblema tampoco era capaz de recordar. Cogió la espada y la miró de cerca. Presentaba un aspecto deteriorado, como si hubiera pasado miles de años en lo alto de una estantería, pero eso no podía ser, no podía haber pasado tanto tiempo. El filo tenía una mueca, la espada estaba mellada. Otro torrente de imágenes afloró en su mente. Recordaba haber luchado con fiereza y haber eliminado a un par de soldados enemigos con un ágil movimiento de espada. Recordó a la perfección la sensación de satisfacción que notó al cortar el cuello a un soldado y clavarle la espada a otro en prácticamente un único y veloz movimiento. Recordó sentirse vivo, una sensación muy diferente a la que tenía ahora.

Pasados unos minutos decidió incorporarse y salir del ataúd. Notó el cuerpo pesado y torpe. Avanzó unos metros, pero al poco se fue al suelo casi jadeando. Se sentó en el suelo y decidió quitarse los guanteletes para examinar su piel. La sorpresa mayúscula: Su piel, un blanco cenizo, estaba tan pegada a los huesos que podía palpar estos perfectamente. No recordaba mucho de su pasado, pero desde luego nunca había sido tan blanco ni delgado. Pero el color enfermizo de su piel no le importaba tanto como la frialdad que desprendía. Tocar su propio brazo fue una sensación parecida a la de tocar algo inerte y sin vida, como tocar un cadáver. Sentía todo el cuerpo igual de frío, salvo el pecho, dónde sentía un calor y el empuje de algo a seguir el tañido de la campana, que no cesaba. Se volvió a incorporar lentamente. Al hacerlo, reparó en una perforación que tenía la armadura. A través de ella pudo ver su cuerpo, y en el lugar que supuestamente debería haber piel, encontró un agujero negro y frío, que no sentía parte de su cuerpo al tocarlo. Esto hizo que aflorase en su memoria el resto de su ultimo recuerdo. Había avanzado entre las filas de soldados enemigos eliminando a varios de ellos, pero se vio rodeado por cuatro de estos. Recordaba haber hecho frente a dos de ellos a la vez, pero los otros dos restantes eran demasiado hábiles, y uno de ellos había conseguido hundirle la espada en lo más profundo de estómago. Recordó el sabor de la sangre en su boca y haber caído de rodillas, luego ya se tornaba todo negro.

Miró a su alrededor y todo lo que veía era decadencia. Aquello no se asemejaba en absoluto al campo de batalla en el que había perdido la vida. Aquella tierra no se asemejaba en nada a la suya. No recordaba esas montañas que veía al fondo ni recordaba haber visto jamás el tipo de vegetación que le rodeaba, por escasa que fuera. Siguió caminando unos metros sin rumbo fijo, hasta que, a lo lejos y bajo un árbol, vio algo que le llamó extrañamente la atención. Se acercó más para descubrir que se trataba de una flor de un verde intenso. De pronto, una voz de mujer retumbó entre las paredes de su cráneo y el recuerdo de unos ojos color verde, unos ojos alegres, se clavó en lo más profundo de su ser. Con amargura lanzó el escudo lo más lejos que pudo y pateó el suelo un par de veces. No sabía por qué, pero no ser capaz de recordar con exactitud esa voz ni el rostro que acompañaban esos bonitos ojos verdes le hizo sentir una rabia inmensa.

Había pasado un tiempo desde que el ataque de rabia abandonó su ser y había seguido caminando. El sol seguía en lo más alto, como si el tiempo se hubiese detenido. El frío seguía recorriendo su piel, pero a medida que avanzaba y el tañido de la campana resonaba más cerca, aquella sensación que tenía en el pecho iba creciendo. A lo lejos vislumbró, en lo alto de una colina, una torre con una inmensa campana resonando. No había que ser muy listo para caer en la cuenta de que había sido esa campana la que le había despertado de su letargo. ¿Letargo? No, había muerto. O eso pensaba. De cualquier modo, no podía sentirse vivo, o al menos no como antes. Estaba en una tierra desconocida en un tiempo en el que no le correspondería estar, pero era cientos o miles de años posteriores a lo que recordaba que era su época. No recordaba nada salvo la batalla, su muerte, parte de la historia de la espada legada y aquellos ojos verdes.

Estaba ensimismado en estos pensamientos, cuando a lo lejos vio la figura de un hombre de espaldas. Aceleró el paso hacia él, tratando de llamar su atención. La figura del hombre se giró cuando se encontraba a apenas unos pasos de él, y el horror que vio fue tal que retrocedió varios pasos. Ante él se alzaba un hombre, o lo que quedaba de él. Su piel era del mismo blanco cenizo que la suya, pero estaba cubierta por unos trapos negros que apenas tapaban su desnudez. El rostro estaba desprovisto de ojos en sus cuencas y de dientes en sus encías. La mandíbula presentaba una torcedura poco habitual. En lugar de nariz, tenía un feo agujero negro del que salía sendas marcas de sangre, ya seca. Aquel ser se le aproximaba balbuceando algo ininteligible. En la mano portaba la empuñadura de una espada. El ser alzó dicha mano e intentó atacarle, pero el escudo repelió con facilidad el ataque. Esto produjo que el ser se desequilibrara, momento el cual aprovechó para hundir la espada en sus entrañas, provocando que el ser cenizo cayera al suelo, muerto. Muerto, ¿pero acaso había estado vivo? Se agachó junto al ser, se quitó un guantelete y le tocó la piel. Fría, casi tanto como la suya. Un reguero de sangre emanaba de la herida en el estómago. Había visto muchas heridas de ese tipo, y desde luego la sangre corría más rápido que en ese momento. Y desde luego la sangre no estaba helada.

Volvió a reparar en el tañido de la campana y por alguna extraña razón aquello dejó de importarle. Continuó avanzando y, como se temía, aparecieron más de esos seres. Uno por uno le fueron atacando con movimientos lentos y torpes. Extremadamente torpes, como si nunca hubieran cogido un arma. Algunos llevaban espadas, otros lanzas, otros puñales…incluso había alguno que trataba de protegerse con un escudo. Todos llevaban los mismos ropajes negros, que antaño debió ser parte de una túnica. Impasible, avanzaba eliminando uno a uno a todo ser que se abalanzaba sobre él sin la más mínima dificultad. No recordaba casi nada de su vida pasada, pero eso no quería decir que hubiese perdido el instinto de guerrero que tenía.

A lo lejos vio una pequeña luz chispeante. Era fuego, no había duda, pero le extrañó que allí hubiese una hoguera. Se acercó a ella una vez comprobado que no había ninguno de esos seres alrededor. La hoguera tenía un fuego leve, pero a la vez permanente, como si no se fuera a apagar nunca. En el medio de la hoguera, una espada retorcida, como en espiral, estaba clavada. Al lado de la hoguera había un frasco pequeño, como de vidrio verde, con un líquido anaranjado en su interior. Se sentó al lado de la hoguera y notó como el calor envolvía su frío cuerpo. Notó como esa sensación que tenía en el pecho aumentaba y de alguna manera se sentía mucho más reconfortado. Miró hacia la torre con la campana, que cada vez estaba más cerca. La campana había dejado el movimiento pendular y ya no tañía, pero la sensación de tener que ir hacía allí era cada vez más fuerte. Tenía la sensación de que habían pasado varias horas, pero el sol seguía exactamente en el mismo sitio donde estaba cuando se había despertado. Se sentía cómodo en aquella hoguera, pero tenía la necesidad de levantarse y continuar su camino.

Unos metros más adelante, una enorme puerta de hierro se levantaba ante él. Era el único camino que había entre la torre de la campana, por lo que estaba en la obligación de atravesar la puerta para llegar hasta allí. Empujado con las dos manos y haciendo un esfuerzo titánico, consiguió abrir la puerta. Ante él se presentaba una especie de enorme plaza, con un gran árbol en uno de sus extremos. Debajo del árbol había apiladas un centenar de ataúdes similares al suyo. La plaza presentaba un aspecto decrépito, de ruina. El suelo estaba encharcado y la mayoría de adoquines levantados o partidos. En el centro de la plaza se encontraba una enorme figura. Conforme se iba acercando a ella, pudo ver que se trataba de una persona, pero una persona enorme. Estaba agachada sobre una de sus rodillas y, aun en esta posición, era más alto que él estando de pie. La persona llevaba una armadura de piedra con remaches de hierro, tenía aspecto de ser enormemente pesada, pero para una persona de su tamaño, no sería gran cosa. La cara estaba cubierta con un yelmo de piedra, al igual que la armadura, pero pulido de tal forma que se asemejaba al rostro de una mujer. En el pecho tenía clavada una enorme espada en forma de espiral, pero ningún tipo de fluido brotaba de la herida. En la espalda, concretamente en el hombro izquierdo, tenía unos gusanos enormes de color negro. Se asemejaban más a serpientes pequeñas que a gusanos. La persona estaba completamente inmóvil, como si se tratase de una estatua. De hecho, nada hacía indicar que se tratase de un ser vivo.  Decidió posar la mano en la empuñadura de la espada en espiral. De ella emanaba un calor extraño. No era un calor abrasador, no quemaba, era un calor reconfortante, y sintió que debía extraer la espada. Comenzó a hacerlo, y la espada salía con relativa facilidad. Tiró fuerte de la espada para arrancarla de un último empuje de fuerza.


De pronto, ante él, comenzó a moverse algo. Por las aberturas del yelmo pensadas para los ojos, apareció un fulgor rojo intenso. Esto hizo que saltase para atrás tirando la espada en forma de espiral a un lado y desenvainara su espada a la vez que levantaba el escudo. La bestia de piedra que se alzaba ante él no hacía ningún tipo de ruido. Se agachó a coger una alabarda de piedra que estaba a sus pies y en la que no había reparado hasta ahora. La bestia de piedra, alabarda en mano, se abalanzó sobre él con una agilidad inusitada para un ser de su tamaño. Consiguió esquivar el envite rodando hacia un lado por puro instinto. No podía relajarse ni un segundo, pues la bestia de piedra le atacó otra vez con la alabarda, pero en esta ocasión solo pudo protegerse con el escudo. 

El golpe fue tal que salió despedido varios metros hacia atrás, perdiendo el equilibrio. Se incorporó rápidamente, dispuesto a luchar contra esa masa de piedra. Sabía que debía vencerle, pues era una prueba impuesta, como un juez, que determinaría la validez o no de su persona, y estaba dispuesta a demostrarle su validez. Pese a que la bestia de piedra era rápida, él lo era más y conseguía esquivar sus movimientos. Pronto vio un patrón más o menos determinado en su lucha, y empezó a vislumbrar claros momentos en los que podía asestarle un golpe. Así pues, esquivando y parando golpes, consiguió asestarle varios espadazos seguidos. Para su sorpresa, la bestia de piedra empezaba a tambalearse. Ver la superioridad ante su rival, hizo que se confiara y no midiese bien sus pasos, lo que ocasionó que la bestia de piedra le asestase con la alabarda en el pecho, desplazándolo varios metros y haciendo que perdiese el escudo y la espada. 

Trató de incorporarse, pero comenzó a escupir sangre por la boca. Algo dentro de él, similar a aquella sensación que le empujaba a seguir hacia la torre de la campana, hizo que se llevara la mano al cinturón y agarrase el frasco verde con el líquido anaranjado. No recordaba haberlo cogido de la hoguera, pero sin dudarlo se llevó el frasco a los labios y bebió. Pronto una sensación de candidez parecida a la que había sentido cuando se aproximó a la hoguera, le recorrió todo el cuerpo y se notó otra vez con fuerzas para seguir luchando. Esquivó rodando por el suelo un tajo mortal en verticalidad descendente que había asestado la bestia de piedra. Se levantó y corrió a por la espada y su escudo. Consiguió llegar a tiempo para coger el escudo, levantarlo por encima de su cabeza y parar otro golpe. Pero esta vez no saldría victorioso del ataque. Como si de una hoja seca se tratase, el escudo se hizo añicos. Ahora se encontraba realmente indefenso y, pese a que el líquido del frasco le había devuelto la energía, se sentía cada vez más cansado. 

Consiguió seguir esquivando golpes y asestando los suyos propios en una especie de danza de la muerte. La bestia de piedra tuvo un descuido enorme, que le dejó tiempo suficiente para asestarle un espadazo en la cara. Esto hizo que se tambalease fuertemente hacia atrás. Empezó a respirar aliviado, se creía vencedor. Avanzó hacia la bestia de piedra para asestarle el golpe definitivo y así terminar con el juez. La bestia de piedra, hasta ahora silenciosa, comenzó a jadear violentamente y a encorvarse. Entonces, sin previo aviso, de las serpientes pequeñas negras del hombro izquierdo, comenzaron a brotar serpientes cada vez más grande. 

Con un último impulso, una grandísima serpiente que doblaba en tamaño a la bestia de piedra salió de su espalda. La serpiente era de un negro oscuro abrumador. Apenas se distinguía nada de su cuerpo, salvo una enorme boca con sendos enormes colmillos y unos ojos de un rojo brillante abrumador. La serpiente tiró de la bestia de piedra, que como si de un pelele se tratase, se vio arrastrada hacia él. Levantó la espada para defenderse, horrorizado. La boca inmensa de la serpiente apareció ante él, ocupando todo su campo de visión. Todo se empezó a tornar oscuro. La boca estaba cada vez más próxima a su cuerpo y su cuerpo no reaccionaba. La oscuridad envolvió todo de pronto, no dejando ver nada a excepción de unos preciosos y alegres ojos verdes, y un tañido de campana de fondo.

 Relato basado en >> Dark Souls 3<<
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