Relatos Solidarios: Rivales y Enemigos

"Rivales y Enemigos", título del nuevo relato que llega puntual a su cita de cada miércoles. 

"Rivales y Enemigos"

Muy buenas a todos, damas y caballeros. La primera fase del libro va viento en popa. Es decir, que los relatos van llegando a nuestro correo y dentro de poco vamos a poder cerrar con una muy buena cantidad de excelentes relatos y comenzar pronto la segunda fase. Gracias a todos por participar. Si aún quieres, puedes formar parte de esta iniciativa. Recuerda leer esta entrada donde encontrarás el cómo participar: >>Relatos Solidarios<<

Hoy tenemos el placer y el orgullo de contar con David Tourón, que nos invita viajar a las fronteras de una conocida saga de videojuegos. La solución como siempre, al final del relato. Espero que lo disfrutéis y que compartáis este y otros relatos de la sección. Mis agradecimientos por adelantado. Os dejo con David:


Rivales y enemigos
  
No soportaba aquel lugar. Las horas de espera transcurrían lentamente en aquel limbo que me mantenía semiconsciente. La oscuridad era apabullante y la sensación de estar sumido en una infinita nada oprimía mi pecho.
La primera vez que me encerraron ahí fue la peor. Creí que no volvería a mi mundo nunca más. Que estaría vagando eternamente en aquella negrura que me mantenía aletargado.
Siempre había vivido en entornos naturales, llenos de vida, junto a otros como yo. Me sentí incapaz de sobrevivir en ese vacío asfixiante. Pero tras muchas horas, aquella luz, pura pero al mismo tiempo irregular, estalló y regresé a la realidad.
A pesar de tener la certeza de que estaba de vuelta a mi mundo, la sala en la que me hallaba no tenía nada que ver con mi cotidianeidad.
A mi alrededor, centenares de personas jaleaban enfervorecidas. Algunas sentadas en una gradería, otras puestas en pie, incapaces de mantener la calma ante el espectáculo que les esperaba.
Yo me encontrada dentro de un gran círculo de cal que estaba pintado en la arena. Frente a mí, otro como yo. Detrás de él, una mujer que le daba órdenes. Unas órdenes que estaban destinadas a acabar conmigo.
Mi rival se abalanzó sobre mí a la carrera, pero para mi suerte era lento y le esquivé con facilidad. Parecía cansado, golpeaba con indecisión, atendiendo a las erráticas instrucciones de aquella mujer. Me limité a evitar sus ataques, a la espera de que alguien allí entrara en razón y aquel horror se detuviera.
Pero mi inacción no duró mucho tiempo. Un hombre en el que no había reparado antes empezó a darme instrucciones y obedecí de forma instintiva, extrayendo de mí una brutalidad que no conocía. Golpeé a mi contrincante duramente, cada impacto le hacía sufrir, cada ataque le hacía sangrar. No era rival para mí.
El público se alzó como un solo cuerpo, enardecido, para vitorear mi nombre cuando mi adversario se quedó tendido en el suelo. No se movía, parecía no respirar. ¿Lo había matado?
El hombre que me había impelido a hacer eso se acercó a mí y me abrazó con una alegría y calidez que no logré entender. Y entonces la luz, convertida ya en un presagio atroz, volvió a fulminarme y me transportó de nuevo a aquel limbo.
Aquello se repitió decenas de veces. Siempre en escenarios semejantes. Una pelea a muerte entre dos de nosotros dirigida por dos instructores que calculaban de forma metódica cuales eran los movimientos idóneos que debíamos hacer.
Hasta ahora he ganado todos mis combates. Cada vez recibo menos instrucciones. El hombre me deja actuar por instinto, sabe que cuando tomo mis propias decisiones soy más rápido y letal. Pero siempre obtengo un cálido abrazo como recompensa. Un abrazo que me devuelve a una nada reparadora y soporífera que sana mi cuerpo pero no mi espíritu.

De nuevo la luz irradia todo mi ser y me advierte de que toca pelear. El rugido del público ya no me dice nada. Tan solo existe mi rival, un ejemplar pequeño que parecía recién capturado. Me abalanzo sobre él, quiero acabar cuanto antes. Golpeo una y otra vez con pragmatismo. A trompicones, logra esquivar todo lo que le lanzo. Es rápido pero está asustado, como lo estaba yo la primera vez. Intento cambiar la cadencia de mis ataques para lograr acertarle.
—¡Usa tu llamarada y déjate de bailes! —me grita el hombre tras de mí.
Aquello me distrae y mi contrincante aprovecha ese segundo de duda para contraatacar, ahora es él el que me apabulla con sus golpes que a duras penas puedo evitar. El hombre sigue dándome instrucciones que ignoro. Focalizo mi atención en los movimientos de mi rival. Es rápido y fuerte pero no sabe pelear.
Confiado ante mi retroceso, se centra solo en el ataque y baja la guardia. Le asesto un golpe duro, seco, definitivo. Su aliento escapa y su cuerpo es impulsado varios metros atrás. Cae boca abajo, dolorido y agotado. El sufrimiento de su rostro despierta algo en mí.
El instructor sigue gritando órdenes y comienza a imprecarme por no haberle obedecido, me insta a rematar a mi rival. Harto de sus distracciones me giro y le dedico una mirada con la que le exijo silencio. Su rostro muta, asustado, da un paso atrás y calla.
Es entonces cuando lo comprendo. Mi enemigo no es aquella pobre criatura que yace tendida en el suelo, obligada a combatir por unas medallas que nunca lucirá. Mi enemigo es el hombre que está detrás de mí. El hombre que me arrebató de mi hogar y me encerró en la nada, a su merced.
Decido hacerle caso por última vez. Estiro el cuello hacia atrás y le escupo una llamarada que calcina al hombre al instante. El público ya no vitorea. El torneo ha terminado.

Por David Tourón 

Relato basado en el mundo de »Pokémon«
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