Relatos Solidarios: Crónicas de San Hilario. Capítulo 1. WOLF

Relatos Solidarios. Reabrimos sección y estrenamos con un relato basado en todo un clasicazo de los videojuegos.  

"Capítulo 1 Wolf"



Muy buenas a todos y mis disculpas. ¿Disculpas? ¿Por qué? Por el mes de retraso a la hora de reabrir la sección. Era en septiembre cuando deberíamos haber empezado con la sección de relatos solidarios, pero no ha sido posible hasta ahora. Hemos ido recibiendo relatos al correo, os lo recuerdo de nuevo y os animo a participar: redaccionog@gmail.com , por lo que vuestra parte estaba cumplida, he sido yo, que por los mismos problemas de siempre, no he podido acercarme hasta ahora por aquí, para seguir con la serie. Las aguas parecen calmarse y puedo cumplir el plazo para que cada miércoles, tengáis vuestro relato al punto.

Hoy, a través de la palabra escrita, visitaremos las fronteras de todo un clásico de los videojuegos. Por el título y la imagen que lo acompaña es posible que ya sepáis de qué videojuego se trata, aún así y como de costumbre la solución, al final de la entrada. Os dejo con el relato de Jackal77


Capítulo 1. WOLF


Frente al Hospital de San Hilario y cercano al gigantesco Almacén Municipal, el viejo Salón Arcade siempre estuvo allí, esa era al menos la impresión de todos los chicos del barrio.

Daniel era uno de esos chicos. Con 11 años ya no era un niño, pero era más que evidente dada su corta estatura y aspecto enclenque, que le quedaba mucho para convertirse en un hombre. Pero lo sería. Uno grande y poderoso como su nuevo ídolo, Rambo. La película era del 85, hace tres años, pero él la había descubierto en el videoclub del barrio unos meses atrás. Era ALUCINANTE. Y eso que era la segunda parte, pero la primera era un rollo en un pueblo. Esta era la que molaba, rescatando prisioneros en Vietnam, y él sólo, contra todos. La había alquilado decenas de veces, y lo seguiría haciendo. Algún día sería como él. De momento, llevaba una bandana roja anudada en la frente y una camiseta de camuflaje comprada en el mercadillo. Lo de los músculos ya llegaría con el tiempo. ¿Y lo de las armas? Amigo, para eso estaba LA máquina. La razón por la que Daniel se escabullía cada tarde en aquel lugar que apestaba a tabaco y humedad, arriesgándose a encontrarse con lo más chungo del barrio. Su nombre: “Operation Wolf”. Un maquinón enorme, y con una metralleta Uzi tamaño real que vibraba al dispararla de tal manera que, al acabar la partida, parecía que te habían dado una paliza. Pero a él le hacía sentirse fuerte, poderoso, como el soldado que pretendía ser. Es cierto que tenía que ponerse de puntillas para empuñarla, pero en ese momento era invencible. Era todo lo que soñaba ser, por unas monedas cada tarde.

La máquina resultó muy popular los primeros días, pero el gilipollas del dueño del Arcade, un viejo al que todos apodaban “el Guiri”, la había modificado para que no se pudiera continuar si morías. Vaya puta mierda. En cualquier máquina podías continuar si tenías más monedas, pero no en esa, lo cual la terminó relegando a la esquina más oscura y apartada del salón. Algo que para Daniel supuso una bendición, ya que no tenía que esperar colas para jugar, ni cruzarse con los matones que le acosaban día tras día en la escuela, que se centraban en otras máquinas más populares.

El Guiri llevaba tanto tiempo en el barrio como el mismo salón. Nadie conocía su nombre, y tampoco es que socializara mucho. Se parecía al actor ese que le gustaba al padre de Dani, el de las películas de “Harry el Sucio”, pero con muchas más canas y arrugas, y todavía más cara de mala hostia. Siempre refunfuñando en un idioma extraño cada vez que le pedías monedas. Siempre con sus camisetas de manga larga aunque estuviéramos a cuarenta grados, y con el colgante ese que le asomaba sobre el cuello al que los chavales habían bautizado como “la cadena del váter”.

Una tarde, Dani estaba como siempre peleándose con los últimos soldados de la primera fase. Sólo había pasado de ahí un par de veces, pero nunca se rendiría, tenía prisioneros que rescatar y un deber que cumplir.

Pero en esta ocasión, los matones de la escuela estaban aburridos, especialmente un tal Aarón, que era el mayor de todos. Repetidor de curso y con un tatuaje en el cuello que hacía que todos los suyos le siguieran cual líder religioso. –Mirad -dijo. -Ahí está nuestro pequeño Rambito acabando con los chinos otra vez. -Sus acólitos le rieron la gracia a carcajadas, mientras Dani, sin apartar la vista de la pantalla pensó: -Son vietnamitas gilipollas, qué coño sabrás tú.

Al no hacerle caso alguno, Aarón se dirigió hacia él, lo cual llenó de júbilo a los demás. Iba a haber jaleo.

-¿Es que no me has oído Rambito? -le dijo pegándose a su oído. Apestaba a tabaco rancio y cerveza barata, pero Daniel no soltó la Uzi. Era otro enemigo más, como los del juego, como los de la peli, y tenía que mantenerse firme. Como un auténtico soldado.

Que ese jodido renacuajo lo ignorase así, cabreó sobremanera a Aarón, que levantó su lata de cerveza con la intención de estampársela en la cabeza al niñato. Así vería quien mandaba.

La lata se detuvo a centímetros de la cabeza de Dani, que se vio empapado por su asqueroso contenido. El Guiri había agarrado el brazo de Aarón con su enorme manaza. Ninguno de los dos le oyó llegar tras ellos. Sin mediar palabra, lo levantó en volandas, y tras recorrer todo el salón con el asombrado matón mantenido en el aire con un solo brazo, lo arrojó a la calle como el que tira una bolsa al contenedor de la basura. Giró la cabeza hacia su grupo, y con un gesto con el cuello les indicó el camino que debían seguir.

-¡Pagarás por esto puto viejo, lo juro! -Y se alejó humillado, apartando los brazos de apoyo de sus colegas.

El Guiri volvió a la esquina más oscura del salón. Dani se había quedado agarrado a la Uzi, aunque la partida había terminado hacía rato. El miedo le había paralizado. Al llegar junto a él, el Guiri le preguntó:

-¿Sabes por qué no se puede continuar en esta máquina? -La pregunta hizo que Dani saliera de su aturdimiento. Soltó la fría arma y al haberse quedado también sin palabras, sacudió la cabeza con gesto de negación.

-Porque en la guerra no hay continuaciones hijo. Si mueres, mueres. -Acto seguido, sacó unas monedas de su riñonera y las introdujo en la máquina.
           
-Enséñame lo que sabes -dijo seriamente.
Dani volvió al juego al momento, su soldado volvía a caer en paracaídas e iniciaba de nuevo la primera fase.
           
-Mal, disparas a lo loco, tienes mínimas municiones, cada bala es un tesoro. ¿Oyes los helicópteros?, enseguida llegarán. Prepara el dedo para lanzar las granadas. Pero usa el cerebro, si oyes también a los camiones, no las lances aún, con una sola, derribarás dos objetivos. No es cuestión de disparar como si fuera una puta peli, debes usar todos tus sentidos. Sobre todo la cabeza hijo.

Dani seguía todos sus consejos como si fueran órdenes. No lo podía creer, el jodido Guiri conocía todos los trucos de la máquina. Había pasado la primera fase casi sin pestañear. A mitad de la segunda fase, donde jamás había llegado, disparó por error a un niño con gorra de los que correteaban por la pantalla. El Guiri agarró la Uzi e impidió que la moviese.

-Fin de la partida. -dijo secamente.

-¿Qué? ¡Pero qué dice, si me queda un huevo de energía! ¡Sólo me han descontado unos puntos! -contestó Dani indignado.

-Te equivocas hijo, mi máquina, mis reglas. Si mueres, no continúas. Si matas un solo inocente, la partida ha terminado. Además es tarde, debes volver a casa.

-Joder es verdad (pensó Dani). -Había anochecido hacía rato, la emoción le había hecho perder el sentido del tiempo.

-Mañana lo harás mejor. -dijo el Guiri, y esbozó lo que parecía un intento de sonrisa.

El adiestramiento siguió cada tarde, durante días. Dani seguía allí, con su bandana y su camiseta de camuflaje y el Guiri aconsejándole, si veía que hacía algo mal. Cada vez tenía que corregirle menos.

En una ocasión, ya en la última fase, Dani mató por error a un prisionero. Llevaba horas jugando, con los brazos agarrotados por las vibraciones. Giró la cabeza hacia su mentor, soltó el arma y hundido, miró al suelo. -Nunca lograré ser como él, ¿sabe? Como Rambo. -gimió Dani.

-¿Es por eso que juegas a este juego cada día hijo? -replicó el Guiri
-Un héroe no es sólo el que pega tiros en una película. Es el policía que nos protege, el bombero que nos salva y es el chaval que se enfrenta a los matones pese a que el miedo le paralice. -Había visto el moretón en su ojo.
                                                                                                                        
Dani sonrió, -me llevé este recuerdo, pero ellos también se llevaron lo suyo ¿sabe?, ahora me molestan menos.

-Y dejarán de hacerlo, créeme. Un héroe siempre vence a los cobardes. -El Guiri no ocultó su cara de orgullo. -Última partida hijo.

La partida fue perfecta. Las seis fases, todos los enemigos abatidos, todos los inocentes a salvo, todos los prisioneros rescatados. El presidente felicitándole al final de la partida. ¡Lo había logrado!

Y cuando Dani, con unos brazos que ya no le pertenecían, se disponía a soltar la Uzi, vio que la partida volvía al comienzo. A la primera fase.

-¡Pero qué cojones! ¿No era ese el final? –dijo sin salir de su asombro.

-La guerra nunca acaba hijo. -dijo el Guiri mientras se inclinaba tras la máquina para desenchufarla. -Aunque no lo creas, al final no gana nadie, todos perdemos. Aunque tú… hoy tú has ganado.

Se echó la mano tras el cuello y se descolgó la “cadena del váter”, que al salirse de su camiseta mostró dos pequeñas placas metálicas. Dani reconoció lo que eran al instante, sólo había visto unas así en otro sitio, colgadas al cuello de su ídolo, John Rambo.

-Cuídalas por mí, ¿quieres hijo? Y si algún día vuelves a tener miedo, que te recuerden el héroe que llevas dentro.

Dani, aun sin saber por qué, sólo pudo hacer una cosa; cuadrarse lo más recto que pudo, llevarse la mano a la frente, saludar de la forma más marcial posible y decir:

-Señor, sí señor.

El Guiri se limitó a sacudir la cabeza con gesto incrédulo y respondió:

-Vuelve a casa soldado, vuelve a casa.


EPÍLOGO

Tras despedirse y cerrar las puertas del salón. El Guiri se dirigió a su cuartucho de limpieza. Un viejo escritorio, un espejo y un corcho en la pared eran todo el mobiliario. Se quitó la maldita camiseta de manga larga. En sus brazos, entre incontables quemaduras, un tatuaje con las iniciales T.J. y una punta de flecha. Se sentó, abrió un cajón y apartó las medallas, decenas de ellas. Sargento Tyler Jackson, Medalla de Honor del Congreso, Cruz de Hierro, Estrella de Plata… Encontró lo que buscaba bajo la foto enmarcada que tenía junto al presidente Reagan; su boina verde…y su arma.

Miró hacia el corcho, donde un viejo recorte del periódico local titulaba: “Donante anónimo permite la construcción del ala de quemados del Hospital San Hilario”

Aquel trozo de papel, tenía más valor para  él que todo el metal del cajón.

 Se caló la boina y alzó su arma, la cual llevaba semanas pensando usar por última vez. La apoyó en su sien. Pensó en el chaval.

Y apretó el botón…
que hizo que el cargador cayera al suelo.

Lleno.

            Se puso en pie y se colocó firme, frente al espejo.

Y su reflejo le saludó con respeto.



Como el héroe que era.

Por Jackal 77
El videojeugo en el que se basa el relato es >> Operation Wolf <<
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