Análisis - Hellblade: Senua's Sacrifice

Hellblade: Senua's Sacrifice ha sido uno de los proyectos más valientes que se hayan podido ver en la industria. Ninja Theory ha sabido jugar bien sus cartas y apostar por un título que, sin duda alguna, ha llegado para quedarse y abrirnos las puertas a un relato humano, ambiguo y sobretodo complejo. 



¿Para qué existe el arte? ¿A quién le hace falta? ¿Hay alguien a quien le haga falta? Este tipo de cuestiones, en multitud de ocasiones, no sólo han hecho reflexionar al artista, sino también a aquellas personas que de un modo u otro reciben, contemplan o simplemente «consumen» el arte (un termino que desgraciadamente subraya con bastante crueldad  —creo— la relación arte-público en este siglo XXI, principalmente con los videojuegos). En cualquier caso, todo arte que no pretenda ser «consumido» como una mercancía, o producto, puede ser utilizado como un poderoso y eficaz canalizador de la condición humana; explicar por sí mismo el sentido de la vida, o presentar distintas perspectivas interesantes en el campo del existencialismo humano y, como consecuencia, enfrentar al espectador curioso e interesado a toda clase de interrogantes.

Los videojuegos, al ser un medio que enmarca su principal elemento diferencial (la jugabilidad) con multitud de disciplinas artísticas, han demostrado en más de una ocasión su destacada capacidad para la inmersión, y hacer de la jugabilidad un elemento poderosamente narrativo. Y Hellblade: Senua's Sacrifice, la nueva gran obra de Ninja Theory, se agarra a ese propósito desde un principio. Hellblade no pretende ser «un producto de consumo», pretende ser estudiado, meditado y, por encima de todo, experimentado: quiere dirigirse a todos con la esperanza de despertar una impresión que, ante todo, sea sentida; y desencadenar una conmoción emocional aceptada.



Llevo un par de días dándole vueltas al juego y pensando en este análisis. Incluso en su momento sólo con ver el primer tráiler de lanzamiento ya sabía que quería escribir sobre él. Sabía que iba a ser un videojuego que no me desagradaría, uno que llegaría lleno de propuestas interesantes y acompañado de lo que intuía que iban a ser... momentos únicos. Todavía sigo emocionado y seguro que me emocionaré cada vez que oiga hablar de él aun ya habiéndolo terminado.

Pero ahora y sin más dilación diría que no creo que resulte sencillo hablar de Hellblade: Senua's Sacrifice; cualquier interpolación de sentimientos y sensaciones resulta difícil de plasmar en un texto por escrito. Además siendo la psicosis (uno de los factores principales) un tema bastante complicado de tratar y enrevesado de medir para todos aquellos que no la padecemos. Por mucho que se nos presente en formato «videojugabilístico» a veces uno no puede evitar sentirse como si estuviera observando a una paciente a través de un cristal. Ahora bien, esos momentos cognitivos en mi caso fueron escasos ya que, a medida que vamos avanzando, el juego consigue hacer que la empatía emocional coja más fuerza.

La premisa en la que Senua se aventura toma inicio con la guerrera celta viajando hacia tierras vikingas para reclamar a Hela (diosa asgardiana del inframundo en la mitología nórdica) el alma de su difunto amado —torturado y ejecutado durante una invasión vikinga que arrasó con todo el pueblo de Senua—. Desde un principio puede verse cómo el argumento se sostiene sobre varias capas; sin embargo, la que me resultó sin duda más interesante y fascinante, fue ese enfoque agónico y psicológico tan portentoso que tiene el juego para representar, alegóricamente, la situación por la que está pasando la protagonista. Aunque en la obra contemos con elementos puramente propios del videojuego Hellblade: Senua's Sacrifice no es un título en el que veremos cómo una increíble heroína se enfrenta al mundo, sino un título en el que se materializan sentimientos. Y no sólo los sentimientos de Senua, sino también los de todo el equipo de Ninja Theory.

El inicio de Hellblade me pareció sencillamente magnífico. Durante los primeros minutos de introducción podemos apreciar a una Senua herida emocionalmente, remando de manera inquieta y nerviosa, aunque decidida con un propósito; mientras que a su vez, con la principal voz narradora sobreponiéndose, miles de voces no dejan de hostigar y de susurrar en su mente. Senua —pese a ser una formidable guerrera— es ante todo humana, y su peligrosa hazaña (literal o metafórica) es una lucha incansable contra la realidad. Una dura realidad que desde un principio, como hemos comentado, no quiere aceptar: la muerte de su pareja.

Hellbade: Senua's Sacrifice presenta un sistema verdaderamente brillante, sobre todo en relación a toda la estructura del combate. Al estar compuesto por una interfaz extremadamente sustractiva (no dispondremos de barra de salud ni medidores), y una «penalización» que se refleja en la extensión de la podredumbre como elemento representativo de la pérdida de cordura, la experiencia de combate cobra una intensidad asombrosa. Todas y cada una de las batallas se presencian como si fuesen relevantes. Como si nos fuera la vida en ello. Incluso los rivales aparentemente más sencillos harán que mantengamos la espada en alto, en vista a que cualquier paso en falso, y cualquier movimiento, puede desembocar en fatales consecuencias.

En relación a este asunto el mayor problema es quizá la cámara y su enfoque. En ocasiones me dio bastantes problemas, haciendo que determinadas coyunturas de combate se volvieran un tanto frustrantes. Hay momentos en los que ciertos enemigos se materializan justo detrás de nosotros, originando que muchas veces fallezcamos injustamente —pesé a que las voces en la cabeza de Senua suelen alertarlo cuando ocurre—. Además, si bien es cierto que el combate está representado de manera francamente impresionante, no deja de ser convencional. Y eso, a la larga, hizo que los enfrentamientos se me antojaron un tanto tediosos, al igual que repetitivos. Sobre todo durante la acumulación de oponentes y sumándole la falta de variación de enemigos (obviando los jefes finales). Ahora bien, cada adversario impone muchísimo, y muchos de ellos están llenos de simbolismo; pero al final todo ello sirve para reforzar las emociones humanas de Senua.

Cualquiera de vosotros que esté familiarizado con el término de la deconstrucción sabrá que Hellblade: Senua's Sacrifice encaja perfectamente con esa categoría o descripción. El punto fuerte de toda la obra recae en el énfasis y en la manera en que nos hace sentir y presenciar el viaje. En cómo la reconciliación con uno mismo es el primer paso; en el descubrimiento de nuestras virtudes, y en el enfrentamiento contra todos aquellos horrores que duermen en nuestro recóndito subconsciente. Hellblade se centra más que nada en la sutileza: es un juego sobre la soledad, la duda y la indefensión. El terror que se percibe en la obra se basa sobre todo en el sonido y en las múltiples voces que no dejaremos de escuchar en todo momento. Lo que oímos es diegético, sí, pero se siente extremadamente cercano; al fin y al cabo «las batallas más duras se luchan en la mente.»



No cabe duda que el grandísimo trabajo de Ninja Theory para representar y reflejar los más tenebrosos delirios de la psicosis es asombroso. La atmósfera —que nos absorbe desde el minuto uno— embadurna los escenarios (si bien es verdad que la mayoría son, en cierta manera, lineales) de manera única, fomentando una adornación aterradora; y, a su vez, la construcción entera del paraje nórdico sirve como metáfora del viaje interno de Senua.

Hubo momentos en los que os prometo que quería dejar de jugar porque a través del espeluznante sonido binaural, y las tinieblas acechando cada claustrofóbico pasillo, tenía la sensación de que en cualquier momento podía ser engullido por una oscuridad eterna de la que no habría escapatoria alguna.

Hellblade: Senua's Sacrifice es uno de los videojuegos más importantes que he tenido el placer de poder experimentar este año. Es uno de esos títulos en los que merece la pena desconectar completamente de la realidad y sencillamente dejarse llevar por la magia. A lo largo de muchas generaciones, las premisas que se centran en El Héroe embarcándose en un viaje han intentado de muchas y diferentes maneras presentar perspectivas interesantes, distintas y cautivadoras; sin embargo, la mayoría de ellas terminan desembocando en lo mismo. Y la historia de Senua trasciende todo éso. Pocas veces hemos tenido la oportunidad de ver de qué manera y cómo se libra el conflicto introspectivo y emocional de un protagonista.

He pensado mucho acerca de la gran experiencia que ha supuesto Hellblade, no sólo para mí, sino para toda la comunidad. Al final no todo se trata de envolvernos en sombras y encerrarnos en lo inevitable. La forma en la que el título lleva a cabo sus ideas es demoledora; es una obra que juega estupendamente bien sus cartas y llegados al final se despide con un emotivo mensaje lleno de optimismo. Una vez traspasado el eslabón final podemos ver cómo nuestra guerrera ha aceptado aquello que para todos es irremediable y cómo el relato se cierra bajo la luz de un nuevo amanecer. El tiempo no espera a nadie, y nosotros siempre seremos arrastrados con él. En medio de una tormenta de confusión puede no ser sencillo conocernos a nosotros mismos, y descender hasta lo más oscuro de nuestra alma puede resultar terrorífico; pero es el único camino para conocer nuestro lugar en la realidad y saber quiénes somos. The world is just illusion trying to change you. [9]
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