The Legend of Zelda: Breath of the Wild y la pequeñez del ser humano en el cosmos


The Legend of Zelda: Breath of the Wild, la última entrega de la saga para Nintendo Switch y Wii U llegó como el proyecto más ambicioso de la compañía. Avivando la Leyenda y recordándonos quiénes somos.






Hace poco terminé de jugar a The Legend of Zelda: Breath of the Wild, y el amplio abanico de sensaciones que tuve, una vez deposité la Swtich en su Dock, no ha resultado ser menos que la del resto de usuarios (algunos mas bien «Gurús» de la saga) que lo terminaron en su momento. Sin embargo, debo rectificar que en todo caso terminé de solventar la trama principal: dar muerte a Ganon; por supuesto que proseguiré mis aventuras con Link en las vastas tierras de Hyrule. Todavía sé que me queda mucho por hallar en cada rincón y en cada bosque. Y ya ni hablemos con la llegada de los dos nuevos DLC que, acompañados de grandes detalles, amplifican mucho más todo el asunto.

Durante mis largas cabalgadas bajo el son y la armonía de una luna llena; de mis peligrosas hazañas escalando la más alta y grande de las montañas; mis brillantes duelos a espada contra el más feroz de los enemigos, y la más temerarias expediciones en lo más recóndito de Hyrule, fueron impulsadas por la tenacidad de empaparme de toda una nueva aventura, prácticamente sin precedentes en el ámbito de lo que para mí había supuesto hasta el momento un juego de Zelda. En pocas palabras: fantaseé con la posibilidad de no jugar a otra cosa en todo el año; incluso tras pasar ya unos días desde mi victoria frente a Ganon, pensé que no quería sacar jamás el cartucho de la consola. Gran parte de los acontecimientos que me acompañaron durante la primera vez en Breath of the Wild me evocaron un profundo regreso a mi infancia, uno que resultó fascinante; aunque embadurnado de cierta lucidez que fue creciendo exponencialmente a medida que iba jugando.



El último título de la saga al que había jugado, antes de pisar las tierras de el Hyrule que Breath of the Wild nos trae a todos, fue el The Legend of Zelda: Majora’s Mask. Prácticamente nada que ver una cosa con la otra ¿verdad?; no obstante todo aquello que, de un modo u otro, envuelve a este nuevo y gran Zelda me resulta demasiado mágico. Incluso esa curiosa capacidad de reflejar lo diminutos que somos nosotros, las personas, los humanos, frente al gigantesco cosmos que nos rodea y que, en su mayoría, no somos capaces de percibir hasta que escalamos la torre de nuestra consciencia y activamos allí la piedra Sheikah.

Todo el sistema que se construye con Breath of the Wild resulta estar perfectamente constituido, e hilado entre sí, principalmente para hacer honor a su título: el Aliento de lo salvaje, abrazar a la naturaleza; pese a que en ciertos matices el juego incluso va más allá de eso, llegando a evocar un profundo sentimiento «lovecraftiano» frente a algo que parece infinitamente superior a nosotros; no tan sólo la propia naturaleza de Hyrule, también en cuanto a seres y civilizaciones se refiere. El propio Ganon incluso. Recordándonos que, por mucho que seamos «el Elegido», estamos un eslabón por debajo de alguien más y que, a fin de cuentas, somos míseros humanos efímeros. Humanos que si bien podemos llegar a tener un peso en aquel mundo, y un lugar al que pertenecer (eso sólo se cumple si accedemos a la adquisición de una vivienda), no somos nada comparado con lo gigantesco y extraordinario que resulta todo lo demás, en relación a nuestra existencia.

Gran parte del aglomerado conjunto de aspectos que me promovió «el sentimiento de pequeñez» recae sobre la civilización Sheikah, esa «civilización» que en gran parte se desconoce. Al despertar junto a Link, tras el siglo de letargo, nos podemos percatar de que todo cuanto nos rodea (la gran tecnología Sheikah, sus singulares símbolos en los muros de las mazmorras, y el curioso alfabeto que principalmente podemos ver en las Torres Sheikah) hace una interesante alegación a esa gran época perdida de la que poca información tenemos; posiblemente superviviente de una etapa enormemente remota que, igual que nosotros antes de despertar, sólo se ha conservado como parte de la poesía y las leyendas mundanas.


Estoy seguro de que todos nos sentimos anonadados ante nuestra pequeñez y la grandeza de todo lo existente cuando «renacimos» y salimos de la primera cámara con Link. Todo aquello que nos rodea, entre ellos el pueblo Sheikah, lleva adjudicando la autoría a un ser ajeno, desconocido y, por supuesto, «imaginario» para aquellos que lo adoran: Hylia. Ese Universo-Dios (Hylia) tiene partes de sí mismo infinitas que nacen, viven y mueren: cada representación de Hylia en cada Zelda. La muerte es el final de esos sujetos y el nacimiento de otros nuevos. Todo está en continuo cambio, nada permanece igual en las distintas líneas temporales cronológicas de las que yo apenas era consciente, hasta ahora. Nosotros, al igual que Link, sin muerte no puede haber vida. No somos eternos, tenemos un final como individuos; aunque nuestra energía sirva para transformarse en otras materias y no se extinga, como cada representación del Héroe Legendario.

Cada vez que regresemos a Hyrule podríamos aceptar y ser consciente de ese Dios-Universo eterno del que nosotros, como jugadores, somos parte. De igual manera que lo diminutos que somos frente a esa consciencia Sheikah que debía manifestarse a través de formas y figuras que desaparecieron hace ya mucho tiempo. Esto apenas carece de significado para aquellos que prefieren limitarse a soñar y aceptar la paulatina «Leyenda» como única y singular realidad. Como yo justo antes de pisar el Hyrule que The Legend of Zelda: Breath of the Wild me dio a conocer, y el lugar que ocupo en él; no sólo como héroe. 

El nuevo título de Nintendo ha llegado para quedarse, y sin duda alguna, después de la cantidad de horas que me ha dado (y que por supuesto seguirá proporcionándome) se ha llevado mi aprobación como un título excelente, uno que me ha resultado muy especial. Una obra hecha al detalle, con delicadeza y un mimo maravilloso.
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